Puede sonreír eh?

En la pasada semana, chango y crianza rodando por Azopardo en el nombre de la ley a por el trámite de pasaporte. El picoloco MKL se porta un fenómeno y todos felices hasta el momento de la conjugación cada tres: “Hace hambre”. Con el mismo pudor que un orangután de Borneo (acá nomás), su madre, yo, elijo una butaca sin humanos que incomodar para darle la teta. Debo decir que dar la teta es algo complejo en relación con el indumento. Ni hablar si una es coqueta y de baratijas de colgar al cuello. La mamá de MKL (yo) no sólo porta bijou, sino también una lapicera muy monona que hace plick allí para abrir, cerrar y desenchufarse o a la inversa del coso.
Debo decir que esa mañana también estaba más preocupada de lo habitual por mi peinado, sólo porque los pasaportes y documentos se tramitan con renovaciones excesivamente lentas para la expectativa de reparación que uno tiene sobre el propio aspecto. Cada vez que veo la foto de identidad me lamento y recuerdo que apelar a la simpatía o un buen corte hubiera allando semejante lucha contra la belleza std.
No he encontrado en décadas una pizca de belleza per sé, un rasgo, un asomo, una sorpresa en donde naturalmente y sin layers o ruleros de pinchar aparezca esa etérea ninfa que supongo fatal y que varios voluntariosamente desde mis padres han querido untar sobre mi línea del tiempo con halagos dudosos y muy buen afán. Mi belleza se acomoda como un ademán de sténcil sanmartiniano en manuales de escuela primaria. Hace lo que puede por rescatar la iconicidad de mi y mantenerla intacta.
Será por eso que viajo tan poco.
La cuestión es que luego de tirar por encima del hombro el colgajerío de cuarentona (aquél con aires de cascabel), la lapicera y proceder a la conectividad madre-niñito durante cuatro minutos, escucho:”El que sigue…” y ahi nomas, sin tiempo para el retoque final acomodo cada cosa en su sitio y en el siguiente orden: teta, corpiño, escote, collares, sacar anteojos de la cabezamientrasentregoelniñoalpadrequien le plancha el flequillo un poco y acarrea los bolsos para empezar.

Con una teta vacia, el cuasimodo inverso hace posar a su hijo, pretendiendo atajar la frase que conoce, a seguir:

“Puede sonreir eh?

(aun no encuentro los acentos en este tecladito touch and pray)