La vida no vive lo suficiente. Se le anticipa el cansancio.
Ayer pasó al balcón de los ausentes con causa justificada mi querido homeópata, Don Jorge Durante, a quién extrañaremos bastante por aquellas charlas interminables entre ser y deber.
Curioso, eterno sermoneador de la terapéutica, nunco quiso visitar al cardiólogo. Para variar, murió contradiciendo el síntoma, acusando a la cervical. Eligió una hora temprana y prolija, la de los trabajadores incansables, un poco más tarde de las seis.
Nunca estuvimos de acuerdo, pero creo que lo hice reír bastante. Sospechó de cada uno de mis saberes divulgomediáticos y se amargó con cada sobregramo de carga en mi barriga como madre de novia. Toquetié incesantemente el habitual gajito de cedrón sobre su escritorio, exclusivamente para fastidiarle el oráculo de médico, de esos con plumas fuentes, agendas de chapa con mapas mostrosos, peritas hipertensas, biromes de cuatro tintas y treinta años.
Tenía la costumbre de redondearme el pensamiento con un gesto de dentadura apretando el labio inferior, casi con impotencia, del mismo modo que el que descubre otra novedosa cretinada por TV. Esto despertaba en mi una pequeña felicidad o desafío, tanto tan antojadizo como para anudar el siguiente absurdo, emparejarle una lógica de porahí y arrojar los dados.
Me quería bastante aunque me consideraba una pequeña desgracia, una tuerca sin control.
Estaba persuadido que ese gritito de fondo de mi ojo, aquella devastadora tristeza temporal podía ser vulnerada con química. Tuvimos un éxito a medias con eso también.
Recordaremos la anécdota de vacaciones, cuando partió por felicidades sin lluvia, atravesando tempestades y provincias bajo capricho, hasta encontrarse con una Salta o Jujuy, bastante seca, fue entonces cuando decidió que era suficiente como para llegar.
Obsecado y austero, dejó de latir de un momento a otro, sin narrativas que lamentar.
Abrazo de oso.