Siempre quise tener un coach

Ayer volvía de Coachland con la espiritualidad de dánica dorada. Me cansé de esa bartoleada pública de lata al pecho, filo en las palabras, ambiente tenso, respiración intelectosa. Ya no quiero (aunque nunca lo quise) jugar a nada, retrucar desinteligencias, caminar ligerito. Ustedes me entienden o hacen el esfuerzo. El caso es que ahora tengo un coach.
Vuelto entonces a mi saber repollante, intrincado y eremita, ubicado en la calle Junín o Uriburu y rescatado por dos o tres estampas apestando mejoralito desde el escaparate, me sambullí como ambicioso atleta olímpico al fondo de una librería, con otro apático en el fondo, tan suficiente como para indicarle a uno que por sobre la escalera, asfixiados de perfume francaise, dormían unos milhojas en italiano.
_Y usté de qué quiere leer?
_ Sólo me importa que estén en italiano. Sin preferencias.
_ Porque manuales de ejercicios no tengo…
_ Pero tiene algo o no tiene?
_ Tengo
[pulgar hacia dios, subo la escalera]

Entonces encontré un armoso librititín de Carducci con ex-libris y gráficas de puta madre al estilo floreale de la época, publicado en 1909, pecosito de bodonis como le gustan a uno. Y leí.
Juntamente con este, otra edición sin fecha pero que “Poray cantaba Garay”, de Hermann y Dorotea de Goethe, en italiano claro, traducido por Vittorio Betteloni quién justamente le dedica su trabajo a Carducci. Bingo. Espontáneamente las gráficas fluyen entre la escuela de Glasgow o la ilustración alemana de la misma época.
Luego conocí a Gog de Papini (este sin señas ni particulares); un ejemplar agotadísimo del Il tempo Libero de Gianni Toti, de quién vi sólo su obra en audiovisual, una edición mezzo choronga de Canti de Leopardi, dos simpáticas revistitas Il Drama con obras teatrales de la época y un aviso meraviglioso de Lucky Strike ilustrado por el capo Erberto Carboni. Poco a poco iré escaneando.
La frutilla del postre y por cinco pesos una “Carta delle zone tvristiche d’italia” del touring club italiano en Milán de 1931.
Partiendo con el botín, otro librero, esta vez simpático, me comentó su cariño por Carducci, la influencia de éste en los sujetos de la época y el chisme fulguroso del reconocimiento posterior al Nobel. También me comentó sobre una viejita quién pasó por el negocio acreditándose este abuelito poeta.
Yo no sé si quiero leer tanto. Yo sólo quiero observar lo que los libros provocan, perfuman y raspan.