Pensar en lo mismo pero distinto

“Hay que destruir la tablita usando la energía del Chi”, reitera Kung Fu en una suerte de flashback donde las narrativas subrayan aquello que prometen resolver a futuro con el plano detalle de un objeto o la brumosa estampa de una enseñanza paradigmática, generalmente fundada en un “recordar simbólico”, plagado de revelaciones de otro tiempo y otro mundo y reconstruído en ausencia por el espectador con lo que no se ha dicho ni se planea decir.
De todos modos para Kung Fú, quién nada sabe de futuros sin medio hermanos Kein ni pretéritos pelilargos, avanza voluntariamente sobre una vida con prólogo censurado. El espectador tampoco puede imaginar ni consolarse con terapéuticas propias de anticipación. Wai Chang está allí para que todas las noches después de las veinte padezca fogozos antebrazos de serpiente y dragón, soportando este lisérgico mandado sin memoria de la caminata sobre el papel de arroz, tanteándose a sí mismo, a punto para la partida.
Y luego sale. Ahora es un forastero de sesenta minutos.
En el primer triángulo occidental acontece la semántica del western: la fiebre del oro, los forajidos, las puertas vaivén, ancianitos custodiando alambiques, castores, tónicos milagrosos, tropillas retobadas y pieles rojas sensibles. Variadas son las circunstancias que entretejen la saga de nuestro héroe, hombre ya maduro, trovador de criaturas indocumentadas por el zen y respetuoso amante-guardián de toda doncella salvaje caída en desgracia temporal como la viudez, la soltería o la religión; todas tipologías particulares de un oeste indomable, en el momento justo cuando las mujeres se atreven a liberarse del mundo viril argumentando su emancipación con pólvora y una envidiable puntería. Recordemos que el medio Kein comienza su vida rodeado del austero círculo del celibato monástico y como en las cancelaciones y demoras, no todos pierden; logra aggiornarse sobre temas del corazón y la conquista a merced de una que otra muchacha cruzada por azar entre los pueblos polvorientos, repletos de hombres rudos con botas texanas y alientos etílicos.
Nuestra teoría es que Kung Fú ha conquistado más mujeres que cualquiera a costa de sus pies desnudos, simplemente exhibíendolos, porque la mujer se enamora primero de la novedad y luego del hombre.
Pero cuál supo ser el enigma de su mirada horizontal? El caso es bien simple y si fuera nuestra voluntad representar una analogía ante la propia, sólo nos bastaría evocar a un peón recolectando fruta, terminando su parcela y sonriendo al oeste que raya un ocaso, con ese mismo sol de frente, estirando lo visible hacia el fantasma de la mueca achinada, geográficamente en otro triángulo invertido aunque austral, sin ir tan lejos, recolectando uvas como últimas imágenes bajo el sol mendocino.

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