Obstrucción nasal, oxigenación parcial

Estoy harta de que todos los chinos televisivos se partan la cara con una alpargata de suela de goma en los momentos más dramáticos de mi enfermedad, que suele ser como a las cinco de la tarde.  Detesto que todas las señoras gordas y fofas se disuelvan bajo cinturones vibrotes, hulahulas de Miguel Angel, para transformarse en cables sin vaina. Me espantan las mujeres que paren a las tres de la tarde para repetirlo otra vez a las tres de la madrugada, particularmente si al principio pujan por un parto natural y luego se marchan ofendidas con obstetras de bigotes colorados impostores de cesáreas. Sospecho de cada forense en toda ciudad americana con guantes de látex, ziplocks y handys, palabras-embalaje de coartadas. Experimento un tipo de decepción nada convencional con aquellos realitys sobre asesinos seriales, particularmente en el instante en que el victimario lo niega todo o se zambulle en la camioneta para huir entre estados, sincronizando con la tanda para pasar al siguiente, el reality del tipo que escapa en la carretera interestatal y es apresado por los federales. La diferencia entre uno y otro es que en el primero necesitamos que lo atrapen y en el segundo, que lo dejen escapar. Esta es la ética de la continuidad. En ese libro de praxis del cine el sujeto reglaba que al menos un cambio de eje de unos treinta grados eran suficientes para componer el salto, franquear la monotonía con el plano siguiente. Pensar es también dejar escapar.

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